ADDEMDUM FINISPIRA #2 - CATEQUILLA Y LA MITAD DEL MUNDO

Addenda de Finispíra #2

El ombligo del sol

Lo que hoy llamamos “Mitad del Mundo” fue, en realidad, un altar.

Un punto donde los antiguos tocaron con piedra la respiración del sol.
Catequilla no fue construida para separar hemisferios, sino para recordarnos que el equilibrio —como la luz— ocurre solo un instante, justo antes de desaparecer.

Aquí dejo las imágenes de este segundo Addenda: registros del eje solar, del círculo de piedra y de la línea invisible donde la Tierra se parte en dos para volverse una.


 

Aquí no existe norte ni sur.

Aquí el día no proyecta sombra.

Aquí el tiempo se quiebra y comienza de nuevo.


El cerro Catequilla de San Antonio, frente al actual monumento a la Mitad del Mundo, marca con exactitud la línea equinoccial. Desde su cima, a 2.638 metros de altura, los antiguos observaron cómo el sol se detenía dos veces al año sobre la Tierra. Su nombre —kati-killa, “seguimiento de la luna”— evoca la vigilancia de los cielos mucho antes de la conquista.


Los Quitu-Caranqui levantaron en la cima un círculo de piedra que, alineado con los equinoccios, marcaba el punto donde el sol cruzaba el ecuador celeste. Durante esos días, la luz cae perpendicular al suelo y las sombras desaparecen: el instante perfecto de equilibrio entre la noche y el día. En los solsticios, el astro se inclina al norte o al sur, recordando la respiración pendular de la Tierra.


Garcilaso de la Vega mencionó pilares y columnas en Quito, Cayambe e Ibarra, destruidos por Sebastián de Benalcázar al considerarlos ídolos. Estudios modernos sostienen que eran gnomones, instrumentos solares para medir el paso del tiempo.


En la cima aún se distingue un muro de piedra curvado, casi borrado por el tiempo, y junto a él, una serie de plataformas circulares talladas en roca. Su disposición no es casual: cada piedra parece seguir el orden secreto del sol y de las sombras.


Las excavaciones han revelado fragmentos de cerámica Quitu-Caranqui, Inca y colonial, huellas de un lugar que nunca dejó de ser sagrado. Hoy, sin embargo, Catequilla sobrevive en silencio, rodeada por canteras y olvido, mientras el sol continúa midiendo la eternidad sobre sus ruinas.


Catequilla fue también registrada por la Misión Geodésica Francesa, que la reconoció como punto cardinal en su medición de la Tierra. Los arqueoastrónomos modernos aún se asombran de su precisión: alineada al ecuador con apenas segundos de error.


Catequilla no es solo un lugar. Es una máquina de luz que mide el pulso del mundo.

Cuando el sol cae vertical sobre su piedra, la Tierra respira —y las sombras recuerdan que también ellas orbitan alrededor de la luz.


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